Una ciudad para todas y todos

No entendí si su nombre era Mario o Darío. La verdad no escuché bien por el breve temor que me recorrió cuando me habló. Tal vez estoy inventando su nombre, así que lo dejaremos en Mario.

Mario estaba muy entretenido junto a la estatua de Hugo Leitch Meyer (Rodelo et al., 2022), en el centro de Puebla, emperifollándolo, jugando a vestirlo y desvestirlo. Cuando pasé por ahí con Páramo, la estatua tenía en su mano derecha un billete de 50 pesos, del brazo izquierdo le colgaba una bolsa con publicidad de Morena: “Una ciudad para todas y todos”; mientras que su cabeza fue coronada con un caso blanco de seguridad.

Si lo pensamos bien, se trata de un outfit lleno de coincidencias e ironías: un casco de jefe de obra para la estatua del autor del libro Las calles de Puebla (1934), libro que por cierto, había desaparecido de dicha escultura, una frase vacía para una persona que parecía estar en situación de calle.

Cuando nos acercamos, Mario estaba sacando más cosas de una bolsa de plástico: una chamarra, una mochila, cajetillas de cigarros, varios cepillos de dientes, un par de libros, y claro, otras bolsas. “Es que me lo dejaron sin su libro, pinche Hugo”, dijo mientras sacudía la bolsa como si quisiera sacarle hasta el polvo. Páramo, que primero andaba en sus asuntos de perro, escuchó el tronar de la bolsa y se acercó para ponerle atención a este personaje, quien me pidió entre balbuceos, que le sacara una foto para que lo hiciera “famoso”.

Son aproximadamente las 8 de la mañana. Estamos de regreso en la zona centro después de nuestro paseo por Los Fuertes. A veces pasamos al zócalo a buscar nuevas intervenciones urbanas, así que supongo que Mario me vio tomando fotos con el celular y me pidió una. Sinceramente lo primero que pasó por mi cuerpo fue un escalofrío. No estamos acostumbrados a que las personas en situación de calle nos dirijan la palabra.

Aunque siempre intento saludarles por aquello de que “que mi barrio me conozca”, no he tenido experiencias tan gratas. Por ejemplo, en León, había una mujer que solía lanzar objetos a las personas, y en una ocasión, me estrelló a la distancia una botella de cerveza en la mochila que cubría mi espalda, recuerdo que fue mayor el susto que el propio golpe. Además, Páramo no ha estado exentó de esos malos momentos, por ejemplo, el “vagabundo” de San Pedro Museo de Arte, que de vez en cuando le pide a gritos a las voces que lo dejen en paz, le soltó una patada que todavía le retumba en la memoria cada que pasamos cerca.

Sin embargo, la mayoría de mis interacciones con personas en situación de calle, han sido cordiales. Desde la decepción del Mondiacult y sus “propuestas de políticas culturales”, he tenido la idea de que la principal política cultural que deberíamos fomentar es el saludo; los buenos días, buenas tardes, buenas noches; la excusa para intercambiar una sonrisa y conocer a las personas con quienes compartimos las calles. Entonces, cada que salimos a caminar intento saludar a todas las personas que puedo, ya saben, en el sueño risible de que, si todas las personas nos conociéramos, no nos haríamos daño (tanto).

Acepté con una sonrisa a tomarle la fotografía. Mario saltó de la banquita y rápidamente le hizo el cambio de ropa a Leitch. Me presumió que la chamarra que le tocaba modelar era una prenda italiana BVLGARI, lo quitó el billete para ponerle una dona azul para cabello en su mano derecha, y en su brazo izquierdo le colgó otra mochila y el libro de Ciencias Naturales de Cuarto Grado de Primaria de la SEP. “Es que pinche Hugo, perdió su libro”. Recordé haber leído que las “víctimas” de la navidad de este 2024 fueron las estatuas de algunos los “personajes ilustres” instalados en esta calle peatonal, que bajo el titular de “vandalizadas”, fueron “intervenidas”; como a Hugo Leitch, a quien le quitaron su libro de Las Calles de Puebla.

La foto de celular (no llevaba cámara) se hizo a prisa, ya que Páramo se me acercó más, supongo para advertirme que se estaban acercando un par de policías, por lo que intenté despedirme lo más pronto posible. Antes de retirarnos, Mario me pidió un encendedor, y de sus cajetillas sacó un montón de “bachitas” y colillas de cigarros, todas sucias y al parecer, ya sin ningún efecto estupefaciente, por lo que le regalé el cigarro que llevaba conmigo y por supuesto el encendedor. El choque de puños para despedirnos se acompañó del “qué estás haciendo” de uno de los policías. Quise quedarme para ver lo que ocurría, pero ante las risas de los policías y de Mario, decidí continuar con el camino a casa. Sólo pude ver cómo Mario guardaba sus cosas con toda la calma de una mañana de enero, total, ya había terminado para volver a comenzar.

Seguimos nuestro camino hacía el Zócalo con una breve paranoia de ser abordado por algún policía en la esquina de la 2 Oriente, pero nada.

Este encuentro con Mario me dejó pensando en un par cosas. Una de ellas, la criticona, es que es curioso que los hombres “inmortalizados” están en banquitos, mientras que ninguna de las mujeres lo está (masculinidad frágil al parecer, pero ese no es el punto). Otra, es el cuestionamiento sobre lo que significa el patrimonio para las personas “de a pie”.

Desde hace un par de años he divagado que el patrimonio cultural de la “humanidad”, no tiene nada de universalidad excepcional, más allá de la representación del poder de los grupos hegemónicos, un vestigio del poder en turno que no genera ningún tipo de identidad con personas como Mario, más bien, se trata de una excusa para no generar políticas culturales en otras áreas.

Siguiendo con la ironía, resulta irónico que haya desaparecido el libro de Leitch, donde describe a profundidad la vida en las calles de Puebla durante ese primer cuarto del siglo pasado, donde habla de los “personajes ilustres” que las recorren, de quienes hicieron dichas construcciones y de una vida diaria que parece dar cuenta de las dinámicas territoriales y económicas del centro de Puebla.

Y como parte de esa vida, a 90 años de la publicación de aquel libro que simboliza ese tránsito entre el pasado virreinal y la temprana modernidad de la ciudad, y que le dio a Leitch (entre otras proezas como el ordenamiento de la Biblioteca Palafoxiana) su lugar en la historia de Puebla, a su estatua le tocó dejarse querer y perder su libro, como lo dijo Mario.

Pienso en esa frase publicitaria, “una ciudad para todas y todos”, pienso en ese patrimonio esteril e intocable y pienso en ese otro patrimonio que es resignificado a través de intervenciones, artísticas, comerciales, de búsqueda, de vida. Pienso en la familiaridad con la que Mario le hablaba a Leitch, quien quizás entre delirios consoló al historiador alemán, y que al mismo tiempo (supongo, solo supongo), no pensaba en su legado, sino en los encuentros que tuvo con él como verdadero flâneur.

 “Solo es el igual de otro quien lo demuestra, y solo es digno de la libertad el que sabe conquistarla” dijo Baudelaire en El spleen de París (1935), pienso que Mario “el flâneur”, en una forma muy extraña había logrado conquistar esa libertad. El mismo Baudelaire criticaba las diferencias sociales y el cinismo de la sociedad moderna para considerar lo superficial (el patrimonio) sobre la condición humana (las personas), pero al mismo tiempo, esta frase que viene del poema intitulado «A los pobres, ¡matémoslos a palos!», criticaba a las personas pasivas que no tenían la capacidad para luchar por esa libertad.

Es el conformismo y la indiferencia de una sociedad que deja a las personas en situación de calle, pasear perpetuamente como una condena de la libertad, pero que al mismo tiempo se enorgullece por pertenecer a una lista de ciudades patrimonio. Esa es la “ciudad para todas y todos” menos los demás.

Mario es de los personajes que configuran un verdadero paisaje en la ciudad y representan plenamente las desigualdades, Mario es parte de “los demás”. Los demás son el señor que pateó a Páramo; la señora que espera su torta de tamal en los Jardines del Paseo de San Francisco y las personas que duermen ahí y que todas las mañanas lavan su ropa en la fuente; el señor que amanece en el puente cerca del Hospital San José, el joven que a las 10 de la mañana rompe el pan duro para alimentar a las aves afuera de la guardería de la zona, el anciano que todos los días camina con su andadera al Zócalo pidiendo dinero. Los demás son todas esas personas que no sólo caminan la ciudad, sino que la viven en todo derecho de la palabra, que prenden sus fogatas en los jardines, que duermen en las cisternas abandonadas y que mueren junto al Ángel Custodio y los parklets de la 3 oriente; todas ellos, todos ellos, las verdaderas personalidades ilustres de la ciudad que conforman la realidad de las calles de Puebla: quienes sobreviven la ciudad.

La ciudad no es para ellas ni ellos, pero al mismo tiempo la ciudad es suya, son los verdaderos dueños y dueñas, las personas que tienen como casa ese museo distante llamado patrimonio. Lo menos que podemos hacer es regalarles una sonrisa; lo justo, exigir que la ciudad sea vedaderamente “Una ciudad para todas y todos”

Nota: Se agradece que me proporcionen su nombre real.


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