Miedo y (t)error

Cuando Páramo llegó a mi vida, lo primero que pensé fue en lo injusto que sería para él vivir en un departamento en el centro de Puebla. Encerrado todo el día, siempre esperando salir. Páramo es un boyero australiano, una raza talonera, fuerte y enérgica (como leí innumerables veces al buscar sobre su raza en Google). Una raza fiel, dedicada a una sola persona: yo. Una injusticia para su naturaleza, criada para correr en ranchos, perseguir ganado y morder talones, siempre buscando hacer feliz a su dueño.

Cuando llegó, un 13 de abril de 2020, tenía un mes de vida. Literalmente tuve la fortuna de verlo nacer un mes antes, en medio de una mezcla de sangre, pelos y líquido amniótico; y aunque al principio, el trauma de mis experiencias anteriores me hizo renegarlo, rápidamente acepté la misión; no sin pensar y repensar y traumarme con esa injusticia con su raza. Leí sobre su carácter, sobre su historia, su linaje salvaje; busqué vídeos de cómo educarlo, cómo hacer que una raza con tanta energía no fuera tan intensa, cómo hacerlo sentir como en un rancho. Sinceramente nunca lo logré, pero al menos lo intenté.

Con Páramo no desarrollé la costumbre de salir a pasear hasta que cumplió 15 meses. Entonces, convertimos la deriva y el flâneur en una forma de vida. Salimos para olvidarnos de todo, él del encierro, yo, entre otras cosas, de la sensación de injusticia por no tenerlo correteando vacas. Salimos a la deriva, buscando las calles más tranquilas para pasear. Primero con la correa bien puesta y, poco a poco, disfrutamos de la libertad que nos otorga vivir en un centro histórico. Una zona que, de día, bulle con actividad hasta el punto de que es difícil caminar, pero que, de noche, después de las 11, se convierte en un desierto. Sólo quedan los vendedores ambulantes y los borrachos que buscan cómo llegar a casa.

Descubrimos otra ciudad, con la cual pude hacer las pases. Salimos a correr (al menos yo lo intenté), buscando calles tranquilas donde nadie nos molestara, en busca de un equilibrio entre el desierto y la seguridad. Nos asaltaron un par de veces; en una de ellas, le apuntaron directamente a él, y me asusté. (Nota: esto ocurrió después de un partido de América en el Estadio Cuauhtémoc, saquen sus conclusiones). No nos importó. Salimos, él corriendo y yo en la bici, cada vez más lejos del Zócalo. En la mañana, nos fuimos a Los Fuertes y nos iluminó la vida.

En la Zona de los Fuertes, cientos de perros pasean diariamente. Hicimos muchas amistades, disfrutamos de las mañanas frías, odiamos el calor a las 9 de la mañana, odiamos la eliminación del horario de verano, encontramos nuestro camino diario. Así hasta la fecha, y así será por el resto de nuestra convivencia, al menos, mientras vivamos en esta zona, en esta ciudad.

La Zona de los Fuertes es un espacio donde pude comprenderlo un poco más. Descubrí que le encanta correr sólo para detenerse intempestivamente para tirarse en el pasto. Descubrí que entre más temprano, cerca de las 5:30 de la mañana, aunque dé mucho miedo, es la mejor hora para salir. No hay perros, no hay personas, él puede disfrutar de ser perro y oler todo lo que quiera.

También conocimos a muchas amistades perrunas. Conocimos el inicio de un grupo de personas y perros que se hacen llamar Club Huellitas (que por cierto, cumplen 5 años también en febrero), se juntan detrás del Fuerte de Loreto para disfrutar, correr y jugar. Amistades sinceras que buscan no sólo el beneficio de sus propias mascotas, sino que están al pendiente de los perros abandonados, ya escribiré de ello. Personas que se comprometen diariamente, a salir con sus mascotas para que tengan, al menos por la mañana, la oportunidad de ser perros.

El mejor amigo de Páramo se llama Kenai, el perro más valiente que he conocido, porque logró lo que ningún otro: que Páramo lo tolerara a pesar de su edad y su instinto de macho sin esterilizar (mi sueño es tener un cachorrito de Páramo), lo cual lo alejaba como parte de su instinto territorial. Un par de accidentes no ha afectado su amistad, y esa es una historia que siempre voy a guardar, y ya saldrá en otro texto.

No me había dado cuenta antes, pero en el cerro ocurre algo curioso para los perros de ciudad: hay silencio. A pesar de que los carros suben a grandes velocidades, casi siempre hay silencio. A pesar de que en mayo llega la feria, hay tranquilidad.

En 2025, Páramo cumplirá 5 años. Mi “pandemial” está en el punto máximo de su vitalidad y energía, y, descuidadamente, caí en el error sin darme cuenta, el ruido.

Y hace un par de años descubrí que el sonido de la pirotecnia le causa una gran incertidumbre. En las fiestas del 1 de septiembre y del 12 de diciembre, bueno, en realidad en el espectro de esos meses festivos, descubrí que no tolera el ruido de la pirotecnia.

Creo que la primera vez que ocurrió, era un 15 de septiembre cuando íbamos caminando por la calle peatonal de la 3 oriente, a un lado del Edificio Carolino. No lo tengo claro, pero la saturación de personas y el ruido de la pirotecnia lo hizo enloquecer, al menos aquella vez. A partir de ese momento, cada que escucha un “cohete”, se encorva, mete la cola y baja sus orgullosas orejas para mirarme, con duda, con miedo, como esperando el apapacho o la solución.

Septiembre y diciembre se convirtieron desde entonces, meses muy difíciles. He buscado soluciones: pastillas, abrazos, indicaciones, premios, amarres, que poco han resultado. Pero bueno, no me preocupaba más allá de esos dos meses. Hasta que llegaron las motos.

Páramo aprendió a salir en plena pandemia, disfrutando de las noches tranquilas que describo y de la serenidad de Los Fuertes. Siempre ha estado en la calle con una relativa calma, porque esa tranquilidad es lo que buscaba en cada salida. Por eso, intenté (quizás como excusa) no educarlo demasiado, dejando que siguiera siendo perro, que me guiara por donde quisiera ir y se detuviera donde le placiera, sin la ansiedad que imagino viven los perros excesivamente entrenados.

Pero conforme terminó la pandemia, terminó la tranquilidad, y llegaron las motos. Seguro mi percepción está influenciada por las motivaciones de este texto, pero creo que la cantidad de motos que circulan en las calles se ha incrementado demasiado desde 2020. Motos que exceden los 30km por hora permitidos en el centro, motos que generan un ruido espantoso, y peor: parvadas de motos que se aparecen un par de veces al mes, gritando a todo lo que sus motores dan y disfrutan, seguro disfrutan el ruido, el escándalo que causan en la ciudad.

Hace un par de meses cometí el error, y llegó el terror y el miedo. Se me ocurrió salir, como siempre, muy noche, con la seguridad del cobijo de la noche. Un par de años nos duró nuestra libertad nocturna, hasta que nos encontramos, con esas motos, esas parvadas escandalosas que dan vueltas por la zona centro (y no sé por dónde más) con el ruido estridente de sus motores, felices, gritando, contentas y contentos, nada que decir su felicidad.

Mi error fue pensar que Páramo estaba acostumbrado a la calle, el terror ahora, es escuchar una moto acercándose.

Lo entiendo brevemente. Cuando viví en León, Guanajuato, estaba de moda la modalidad de asalto por motociclistas, a tal punto, de que, cuando caminabas en una calle solitaria y escuchabas una moto, podías irte despidiendo de tus cosas. Aquí en Puebla, afortunadamente ni he visto, ni he leído, ni ha pasado, pero ahora he resignificado ese sonido.

No entiendo la emoción de circular en una moto a la media noche haciendo ese escándalo. Ni siquiera sé cómo se produce. No sé si es porque son motos viejas, o presionan a fondo el acelerador para disfrutar de ese estruendo que supongo les refuerza algún tipo de identidad. No me puedo imaginar la emoción de no escuchar más que el bullicio de un motor que se ahoga a velocidades ilegales. No lo sé. Pero tampoco lo juzgo. Siempre he pensado que todas las personas tenemos el derecho a disfrutar de lo que nos apasiona, y si ese escándalo les excita, no tengo nada que decir.

Pero hablo del miedo que le causa tal estruendo a mi perro Páramo, y hablo de mi error de haber salido aquella noche cuando después del escándalo, supuse que ya no estarían cerca, y sin embargo, todo el paseo estuvo acompañado por esas parvadas motorizadas en una coincidencia absurda y trágica. Un error que ahora, en las noches y en las mañanas se me estrella en la cara cuando llegamos a escuchar una moto y Páramo voltea a verme con una solicitud de auxilio. Antes, mayo, septiembre y diciembre eran meses cuando cuidaba mis horarios para salir con él, ahora, estamos totalmente a la merced de esas motos solitarias o de aquellas salidas en masa.

El miedo, el terror y el error están aquí. Hoy, intento todo tipo de trucos y apapachos para que Páramo supere el escándalo, pero los resultados han sido escasos. No me he rendido. Tenemos que recuperar las calles, recuperar la paz y la emoción de salir a disfrutar, incluso con el bullicio, las motos y las pipas (otro tema pendiente por escribir). Todo para que este boyero australiano pueda disfrutar su vida como perro de ciudad.


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