¡Con las paredes no!: La (p)reservación del espacio público

«El fin último de todo arte es el edificio» (1919), proclamó Walter Gropius al fundar la Bauhaus, esa escuela que quería fusionar el arte con el diseño, el funcionalismo con la artesanía, y quizá (sin querer) con la producción masiva. Pero tenían un punto: el arte tenía que escapar de los museos, de su encierro en esferas elitistas, y lanzarse a las calles. Para la Bauhaus, el arte no era solo un objeto de contemplación, sino una experiencia colectiva, integrada en la vida cotidiana. El edificio no era solo cuatro paredes, sino la síntesis de todas las artes, y al estar en el espacio público, la gente podría experimentar el arte, no sólo mirarlo. 

Por otro lado (muy al otro lado), Walter Benjamin, en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (2003), habló de la pérdida del aura, ese algo único y sagrado que tenía una obra de arte cuando no podía ser copiada. La difusión masiva, decía, aunque democratizaba el acceso, también ponía el arte al servicio del capital: las fachadas se llenaban de reproducciones vacías, el arte se convertía en decorado, en mercancía. En El libro de los pasajes, Benjamin critica justo eso: cómo París, también era la ciudad donde el arte se volvía funcionalismo puro, donde lo estético se mezclaba con lo comercial hasta perder su esencia. 

Se trata, pues, de dos visiones que chocan entre sí, pero que alimentan dialécticamente a la experiencia en el espacio público y lo que queremos contar a continuación.

Estirando el argumento, si para Benjamin, como para los Situacionistas, una persona no debía de perder la capacidad de asombrarse al salir a “hacerla de flâneur”, en teoría, esa sorpresa podría llegar no sólo por admirar esa gran arquitectura, sino que podría estar escondido en los elementos que configuran el paisaje urbano, la naturaleza, las propias construcciones, el transitar de las personas y su vida misma, la luz, e inclusive el arte que se instala en las paredes y en los espacios públicos. Intervenciones urbanas que se realizan, en el caso del Centro Histórico de Puebla, en edificios (aclaración: no escribiré la ‘palabra con p’, que ya todxs sabemos, por motivos académicos personales), que constituyen el legado colonial protegido por el UNESCO, el INAH y la Gerencia del Centro Histórico y lxs tíxs partidistas.

El arte urbano, las intervenciones efímeras, los mensajes políticos, los stickers, los carteles mal impresos… todo eso configura un paisaje vivo, un espacio público que no es estático, sino disputado.

Tenemos entonces en esta disputa, un complemento y una contradicción al mismo tiempo. Un choque. Esos edificios (palabra con p) que son protegidos, “estudiados”, cuidados y conservados por el Estado (bueno, eso dicen) son al mismo tiempo un lienzo perfecto para que las y los artistas los intervengan y reconfiguren el paisaje. Así, nos encontramos con un Centro Histórico plagado de calcomanías, grafiti, esténciles, posters, instalaciones, etcétera, etcétera, alimentando, creemos, una dinámica cultural que trasciende las artes.

Sí, alimentan una dinámica cultural porque estas intervenciones no solo son obras de arte (u obras de no arte), sino que podemos encontrarnos con intervenciones del propio gobierno que pega ahí los boletines mal impresos de búsqueda, con publicidades ingeniosas de marcas de todo tipo, de promesas de lectura por el futuro (cómo hay anuncios de tarot ¡eh!), con exigencias al gobierno en turno (para que se vaya enterando quien dice que el arte no es politizable, la vida misma es política), con el fin del genocidio en Palestina (lo ven), con extractos poéticos sacados de un libro, una canción o el pensamiento etílico del transeúnte aventado; en fin, con diversas manifestaciones que no solo dan cuenta de las dinámicas sociales actuales, sino que ofrecen la oportunidad de volver a mirar las calles, de sacar los ojos del celular o de la guía turística.

Así como la cultura es una tensión, el espacio público es una disputa. Así que estás manifestaciones en espacios (palabra con p), también lo son. De hecho, es harto interesante saber que en el Artículo 413bis del Código de Defensa Social para el Estado Libre y Soberano de Puebla (1983 [2012]), sopesan inclusive penas de prisión a quienes intervengan gráficamente estos inmuebles. Una legislación absurda si se piensa que las políticas culturales de la ciudad de Puebla, no se encuentran en su mejor momento (no sabemos si lo han tenido) y no fomentan espacios para la creación, exhibición o circulación (abrir espacios cuya entrada está en $200 es todo menos fomento a la imparable vida cultural, pero bueno) . El asunto es que, es tan absurda que la mayor parte del tiempo, el Estado se hace omiso (imagino que es mucho trabajo, y no están acostumbrados a ello). Breve hipótesis con mucho respeto: por ejemplo, creemos que le encontraron la medida a los Movimientos Feministas. Cuando llegan las épocas de marchas, tapan todo lo que se puede pintar o “dañar”, dejan por un tiempo las expresiones iconoclastas en lo que baja lo mediático, y luego lo borran (menos la Fiscalía, ahí borran las intervenciones ni bien se han secado).

Pero hay otras instancias, que velan por estos edificios (palabra con p) y que se concentran, según recuerdo, en impedir que se intervengan o se modifiquen; están, pues, para impedir que la «bad people» los dañe. Así pues, en esta primera semana de mayo de 2025, me encontré con un comunicado del Universitario Bauhaus en Puebla (por eso la referencia a Gropius ¡eh!), donde señalan, sin precisar la autoridad (aunque todxs lo imaginamos), que se les había solicitado retirar la intervención de arte urbano denominada ‘Paste Up’. Cito: «el motivo es una denuncia anónima y cobarde, aunque sabemos que hay cosas más alarmantes sobre la 11 Sur, que perjudican más el entorno visual y conservación del Centro Histórico de la Ciudad de Puebla (sic)». Las paredes no son neutrales; son territorios donde se juega la memoria, el arte, la política y el poder. Cuando lxs alumnxs de la Bauhaus intervienen su muro, no solo ejercen su derecho a la expresión, sino que reclaman un espacio que el Estado no les da.

Ok. Tenemos un par de años registrando estas intervenciones culturales en los espacios (palabra con p), y desde entonces, aquel muro de la Bauhaus, ha sido siempre uno de los spots donde se pueden recuperar muchas imágenes regularmente. En este ejercicio de flâneur fotográfico, así como este lugar, nos hemos encontrado con muchos más spots, como la calle peatonal 6 Sur entre Palafox y la 5 Oriente, la pared del Edificio Carolino (a la vuelta), la esquina de la 8 Oriente con la 4 Norte, la 6 Oriente entre 4 y 6 Norte, etcétera, etcétera. Durante este tiempo, lo más interesante ha sido observar cómo es que todo cambia, se mueve, vive. Cambian las intervenciones, la pintura, los mensajes, las intensidades… pero la pared continúa. Es decir, estas intervenciones conllevan un carácter efímero que nace con una determinada aura, y esta no se agota con su reproducción, sino con las inclemencias del tiempo, o de lxs dueñxs, o del mismo Estado. Cada que se renueva la pared, surgen de nuevo las intervenciones.

Y así el ciclo…

¿Qué tanto daño le hacen estas intervenciones al (palabra con p) que hasta las autoridades exigen que se retire? Dudo que tiren el inmueble (palabra con p) de la humanidad. Y en sentido contrario, ¿qué tanto benefician estas intervenciones de arte, memes, humor y exigencia política a este (palabra con p) de la humanidad? Dudo que cambien la política cultural de la ciudad, pero al menos conquistan el espacio de fomento artístico que les debería corresponder según sus derechos culturales.

Abrimos paréntesis:

Esa exigencia por retirar la intervención que «atenta» contra el (palabra con p) es curiosa. Desde hace un par de semanas, frente al mítico (ja) San Pedro Museo de Arte, los cinceles y las sierras eléctricas suenan por las noches. Luego, aparecieron los avisos de «suspensión provisional» en las puertas del edificio, bueno, a un lado, donde no estorbaban nada, pero sus pegatinas no pudieron evitar lo obvio, el daño ya estaba hecho: convirtieron una ventana en una puerta. Y como buena «clausura» que protege a estos edificios, los trabajos han continuado hasta hoy, e incluso, los sellos han sido adornados con un cartón mientras que el marco de la nueva puerta fue afirmado con cemento (no sabemos si así se llama). En contraste, hace un par de años, justo en el edificio adyacente, sus dueños (suponemos), intentaron intervenir un local para reabrir un famosillo bar. Las suspensiones llegaron de inmediato y según nos contaron los vecinos, hasta la policía llegó. La diferencia es que estas calcomanías se pegaron justo para que no se pudieran ni abrir las puertas. Y no se han abierto a pesar de que el sol ya se comió toda la tinta de los sellos.

Entonces, ¿se protege al (palabra con p) o se trata de una salvaguarda discrecional dependiendo de la mordida o del interés? Se sabe, se sabe.

Fin del paréntesis.

Esta mañana fuimos a darnos una vuelta por la Bauhaus y nos encontramos con la chaviza que emocionada se tomaba fotos en su muro, orgullosxs, buscando su pieza, buscando la de la amistad, y estaban ahí porque iban a entrar a clases. Hablando con un par de alumnas, nos comentaron que no se habían enterado de que lo quisieran quitar, y que se les hacía extraño porque es una práctica recurrente dentro de su formación. Un proyecto que forma parte de su formación como artistas, que abona en su confianza y en la rebeldía (institucionalizada, pero rebeldía) que les emocionaba y que pensaban, les daba una oportunidad de exponer. Hasta una madre emocionada tomaba fotos de todo.

Otro paréntesis:

Recordamos un miniproyecto llamado Expo Hormiga*, que se hizo con la intención de hacer exposiciones en el espacio público de Puebla para las hormigas (ósea, en tamaño pequeño y efímero, fotos chiquitas para que las personas que quisieran ver las piezas hicieran maromas y diversificaran el uso de los espacios). Antes de su final, hasta hubo un libro; pero lo más mejor fue su modalidad de taller, donde convocó a niñas y niños a tomar fotografías, imprimirlas, escribir su biografía y texto de sala, y exhibirlas por primera vez en la calle ante sus familiares y personas desconocidas. Lo más divertido y valioso de esa exposición/taller era que precisamente lxs niñxs podían describirse a ellxs mismo (biografía), describir lo que pensaban (texto de sala) y mostrar lo que pensaban (fotografía) en un ejercicio divertido de apropiación de sus propios derechos culturales y del espacio público. La verdad, es que esos niños eran la verdadera aura.

Fin del paréntesis.

Si bien la represión del Estado no terminará (en ello excusa su actuar) y mientras se cumple el ultimátum de la intervención en la pared del Universitario Bauhaus, o salen las autoridades municipales a «aclarar que todo fue un imparable malentendido», o sale una versión de marketing; nos quedan estas intervenciones en el espacio público, orgánicas, sin miedo, en resistencia, que básicamente constituyen una VERDADERA política pública ciudadana que no se deja dominar por el Estado, y que más allá de esta anécdota y sus derivados, ahí seguirán, reconfigurando antes de cada capa de pintura, el paisaje cultural de la ciudad y sacando el arte o lo que sea que saquen, la vida, pues, al espacio público.


*Libro Expo Hormiga

Proyecto Zona de Monumentos

Consuta el número especial del dossier fotográfico Zona de Monumentos: El muro de la Bauhaus


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