Terminé de leer Los hechos de Key Biscayne de Xita Rubert (2024) hace un par de meses y comencé a escribir este comentario; pero de pronto me cayó encima la realidad de que debía atender los pendientes de la escuela y abandoné el texto. Hoy lo retomo, no porque me falte qué leer, sino porque, justo en clase, surgió un comentario sobre lo feo o lo que no es estético, y la cita de la novela me asaltó: “Lo observé como aprendí a mirar todo lo feo: con cariño” (p. 11). No tenía nada que ver con la sesión, pero como hablábamos del performance, pensé en lo abyecto y luego en o incómodo que es ver algunas imágenes, y finalmente, en que estaba escribiendo este texto… y comencé de nuevo.
Quien haya leído la novela, podría alburearme por la cita evocada (chiste por si alguien me lee en México), que está al inicio del libro, pero asumiré el riesgo. En esta novela, una niña cuyo nombre no se menciona, o al menos no recuerdo que se mencione, se dispone a contar un pasaje de su infancia en el que su padre la lleva, junto con Nico, su hermano, a Key Biscayne, una isla para ricos en Florida. La historia no se presenta como un recuerdo amargo ni como la mejor etapa de su vida, sino como un hecho que pasó con la misma naturalidad con la que se asoma un caimán por encima del agua. Es decir, su narración es sobre una peligrosa temporada que “si no se percibe como tal, solo engendra más peligro” (p. 110), y lo engendrará.
Así, nos encontramos muchas veces con una primera duda: ¿cuánto tiempo ha pasado desde que lo vivió hasta la presente relatoría? Aunque nunca se aclara, solo podemos intuir que ha transcurrido el suficiente tiempo como para empezar a dudar de lo que nos cuenta.
Durante la novela, los recuerdos son tan precisos que llegamos a cuestionar su veracidad o las intenciones de los protagonistas. Arriesgándome a soltar un par de spoilers (lo lamento, pero la novela se popularizó en noviembre de 2024, cuando fue premiada con el Herralde de Novela, así que ya es un spoiler legal), por ejemplo, todo el tiempo abordas la lectura cuestionarte la relación que tiene con su padre, Ricardo, un académico que huye de su exesposa y madre de la niña y de Nico. Su particular comportamiento le gana los apodos de “caimán” o “quijotesco”, que lo describen por sí mismos. ¿El padre abusa de la niña?, ¿de Nico?, ¿por qué se esconde?, ¿qué oculta detrás de su infantil comportamiento? Otro spoiler, tampoco se resuelve.
Me parece que el padre es el personaje principal, ya que la niña no deja de conjurarlo; aunque no se encuentre cerca, siempre está pensando en él y siempre nos recuerda, no sin ansiedad, que lo volverá a encontrar en su casa con una inocencia que asusta; pues pareciera más un hermano mayor desvergonzado que busca hacer enojar a la madre todo el tiempo. A la vez, esta actitud contrasta con su fama de erudito profesor, tan prominente que es reconocido por diplomáticos y es buscado por las mejores universidades, pero que, en una incomprensible locura (que solo supongo porque no sé nada de la reputación de las escuelas gringas), decide abandonar su cátedra en Boston por unas clases en la Universidad de Miami.
Se trata, entonces, de la narración de una serie de acontecimientos borrosos, de imágenes desenfocadas o tomadas con un lente grasiento. La narradora misma lo acepta: “Estoy haciendo el esfuerzo porque una parte de mí se agarra más a la imagen que a la experiencia. A la mentira, quiero decir, más que a la verdad” (p. 36).
Esta duda es la que, a mi parecer, te atrapa en la lectura, y avanzas página por página esperando una explicación, una confesión de que aquello no pasó o simplemente la confirmación de un trauma que no se asoma ni por error. Tal vez, dentro de la ficción, es una mentira que te obliga a aceptar como lector, porque no te da más herramientas, justo como dice después: “Pero las imágenes no deben aceptarse, a las imágenes hay que preguntarles: ¿cuándo empezaste a engañar? Y, si queda tiempo: ¿quién te enseñó?” (p. 37).
En la novela también nos encontramos con una crítica a los habitantes de la isla, ya que se trata, como menciona la niña, de una comunidad de inmigrantes de todas las nacionalidades, cuyo único rasgo en común es el capital económico y político que los respalda. Lo exhiben, después de todo, la isla, dice la niña, es como un paraíso para los ricos que se esconden del mundo presumiendo su dinero.
Como parte de ese mundo exuberante, la narradora nos presenta a sus compañeras de escuela (como no menciona su edad o su escolaridad, pero sugiere que está por dejar de ser una niña, supongo que asiste al equivalente gringo de la secundaria): Eleonora, una niña rica tan aburrida del mundo que solo gasta sus días simulando una edad mayor, la que le permite su dinero, y Lola, su amiga inmigrante del caribe con quien vive sus momentos más normales, por así decirlo. Ambas representan no solo los extremos opuestos de la sociedad, sino que marcan para la niña narradora una brújula moral entre las perversiones del dinero y las nociones de un afecto humilde y sincero. Después de todo, olvidé decirlo, la narradora y sus acompañantes también son inmigrantes en Estados Unidos, huyendo de la figura materna que desde España, su tierra natal, no deja de cuestionar proyectar una sombra que dificulta entender los dichos del padre.
En ese juego de balanceo, el hecho central de la novela ocurre cuando Eleonora le presenta a su amigo fotógrafo. Ele, como suele llamarla, está tan aburrida en la isla que no tiene peor entretenimiento que el buscar a hombres mayores en internet para entablar amistades, hablar, prender su cámara y exhibirse. Algunas de sus relaciones se quedan a distancia, al menos así lo finge; pero otras, como con su amigo el fotógrafo, se acercan tanto que resultan escenas incómodas, ya que nunca está claro si su relación estuvo basada en una amistad enferma o en el estupro.
Este pasaje en la memoria de la niña es tan escurridizo que ella misma comienza a cuestionarse si todo lo que le ha pasado tiene algo de verdad, pero al mismo tiempo se resigna a que se trata de una verdad que podría estar dañada por el tiempo y las emociones que evoca en ella. Aunque nunca nos cuenta lo que realmente pasó, al final el fotógrafo es detenido por posesión y tráfico de pornografía infantil.
“Hay recuerdos que no tienen exactamente un sonido, un color, son sensaciones mixtas y todopoderosas, y se distinguen de las demás porque vuelven, vuelven, vuelven cada vez que un disfraz distinto” (p. 133)
La llegada de la madre a Key Biscayne desafía por completo la dinámica desenfadada del trío. Por primera vez en su narración existe una figura de autoridad que no deja de observarla, incluso la observa más de lo que ella mira a su padre. Se trata de una nueva dinámica que, mientras calma las aguas de su estruendosa experiencia en la isla, agita sus vidas como si esperara que todo transcurra con normalidad; que la llamen madre, más por cariño que por autoridad; o que Ricardo confirme que lo que está detrás del divorcio y distanciamiento no es tanto una mala relación, sino su propia obsesión por vivir sin límites.
Esa vida inocente que les inculca el padre es visible cuando hablan de la madre, cuya figura ha sido distorsionada por las palabras del padre: “Digo ‘ella’ porque nuestro padre solía evitar su nombre, creyendo que, a fuerza de eliminar una palabra del vocabulario, también desaparece del universo visible. Error” (p. 141). Así confirmas que, detrás del mundo improvisado del padre, se esconde un cruel lavado de cerebro que busca a toda costa perpetuar la vida infantil que llevan los tres personajes. Y descubres que se trata de una huida sin más fundamentos que el escapar de lo que significa ser padre, hija e hijo, si es que le podemos dar un significado.
Tan solo un par de días conviviendo, ese lavado de cerebro en la niña comienza a desmoronarse, como si la imagen de la madre reiniciara hasta sus emociones: “Se movía como una mujer con milenios de sabiduría acumulados en el cuerpo, pero su saber era secreto” (p. 153), es decir, parece que logra recupera a su madre, pero solo parece, ya que siempre está presente esa trampa de la memoria.
Palabras más, palabras menos, la aventura quijotesca se transforma, digo, desde el principio se extiende como una serie de cuestionamientos sobre la vida misma, sobre los recuerdos, las experiencias, sobre las trampas de una fotografía de nosotros mismos, donde sabemos que estamos ahí, pero es difícil reconocernos: “¿Desde cuándo una casa contiene un mundo?” (p. 180), ¿en qué momento nuestra vida pasa a ser ‘solo’ un recuerdo?
En fin, Xita Rubert nos ofrece en esta novela la oportunidad de cuestionarnos si aquellos recuerdos que tanto apreciamos son el resultado de una nostalgia lejana o la comodidad de un pasado al que ya no queremos volver… o tal vez, un pasado que necesitamos recordar para no volver: “Deseo volver allí donde perdí algo porque es allí, también donde lo tuve por última vez. No quiero recuperarlo. Pero me gustaría no haberlo perdido” (p. 209).
Rubert, X. (2024). Los hechos de Key Biscayne. Barcelona: Anagrama
Extra: Imágenes chidas para que se animen a comprar el libro:
“Me embriagaron las nuevas imágenes, el color y su contrario, la luz y su reverso. Con la lengua me sucedía lo mimo que con la realidad, y lo que aprendí aquel año lo aprendí por choque” (p. 66).
“En Marchelle vi por primera vez, de modo parcial, lo que vería con claridad más adelante que alguien esté desamparado no significa que sea inofensivo” (p. 72).
“Igual que el mar te controla, despótico, cuando crees estar flotando, había algo vigilante en su inmenso y oceánico cariño” (p. 85).
“Debía imaginarse que estábamos recluidos, como los artistas, en un delirio inofensivo, que vivíamos dentro del Quijote, pero la naturaleza de una reclusión nunca es la que parece, y tarda años en aflorar. Cuando eres libre aún pasan años hasta que dices: yo estaba preso” (p. 101).
“Mis próximos pasos fueron un intento de lanzarme al abismo antes de que el abismo se cerniera sobre mi” (p. 130).
“De qué son capaces las personas que sufren es una pregunta lógica, pero qué pueden hacer quienes no sufre es una pregunta mejor” (p. 153).
“¿Desde cuándo una casa contiene un mundo? Aquella noche, diseñada para espacios interiores, albergaba toda la vida nacida y por nacer en la ciudad y en el país” (p. 180).

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