Karma burocrático: bici secuestrada, recuperada y apreciada

Desde el año pasado que regresé a la universidad como estudiante matriculado, me topé con un protocolo a veces molesto. Cada que entro o salgo de Ciudad Universitaria en bicicleta, hay que pasar a checar con la guardia de la DASU: nombre, matrícula y características de la bicicleta. Algo incómodo, si me preguntan, sobre todo cuando uno lleva prisa; pues no importa que salgas a tiempo para el recorrido de veinte minutos desde el Centro, no falta la Ruta 10 que te «tira lámina» o que piensa que uno es rival para echar carreritas.

El recorrido es sencillo, sobre todo la primera parte, cuando la opción más tranquila es tomar el carril de la «oruga». Entras fijándote si llevas por delante o por detrás al BRT y vas midiendo. A veces basta con acelerar solo un poco para dejar a la oruga muy atrás; cuando le llevas una estación de ventaja, ya la hiciste y no es necesario estar volteando constantemente. En otras ocasiones, cuando vas detrás de ella, simplemente la sigues como un parásito ahumado; total, el humo del tráfico ya te lo estás echando en cada pedaleo.

Hay momentos en los que te sorprenden las ambulancias o las patrullas, sobre todo estas últimas a la altura de Analco, que suelen dar la vuelta a la izquierda a toda velocidad —supongo que van a desayunar—. Otras persecuciones son los raros momentos cuando la empresa de seguridad privada del RUTA se mete al carril y va pitando con urgencia hasta que te quitas. Es muy extraño, pero también me ha pasado que me persiga algún carro particular, sobre todo a las horas de tráfico, aunque la verdad sí es extraño que pase, por lo que el carril confinado es siempre la mejor opción.

En fin, regresando al asunto de este pequeño divertimento y autofuna: la verdad es que la detención en las puertas de CU no me había parecido tan molesta hasta que, en un par de ocasiones, llegué en automóvil o incluso caminando. Cuando llegas en carro, tal parece que dejas de ser sospechoso; entras y sales sin que te pidan tu identificación o tus datos. Bueno, supongo que es más fácil robarse una bicicleta que un auto y de ahí la discreción del protocolo. En realidad, no he escuchado o leído de ningún caso en el breve tiempo que llevo de estudiante.

En alguna ocasión que me resultó frustrante dar todos mis datos, cuando hasta me pidieron un QR o que llamara a la persona que me “invitó”, decidí someter a prueba el supuesto control de seguridad. Si tanto se «verifica» la identidad de quien entra y sale en bici, supuse entonces que la bicicleta no tendría por qué amarrarse.

Así pasé casi dos semestres. Dejé la bici sin amarrar en los estacionamientos. A veces dejaba mi casco; en otras, llegué a dejar dinero en la maleta que lleva permanentemente amarrada la bici. No sé muy bien por qué lo hice, más allá de la flojera por amarrarla todo el tiempo, y tampoco sé qué es lo que esperaba, pero confianza en la seguridad, creo que no. La verdad se me olvidó el propósito original.

Todo lo contrario, supongo que era una ridícula actitud irresponsable por ver al sistema de acceso inquisitorio fallar al menos una vez; es decir, que se la robaran y que entonces pudiera quejarme con algo tipo: “¿Para eso tanta pregunta al entrar, si se la van a terminar robando?”. Un sabotaje bastante enfermizo es el que buscaba, nada sano, lo acepto; pero sigo pensando que es innecesaria esa esfinge de la DASU preguntando su acertijo cada que se entra o sale si, de todas formas, hay que amarrar la bicicleta. Supongo que algo así pasa cuando en los estacionamientos te dicen: «La empresa no se hace responsable por la pérdida total o parcial de su vehículo».

Bueno, pues esta semana, después de casi un año de dejar la bicicleta sin cadena en los biciestacionamientos de CU, me cayó el karma y la bicicleta desapareció.

Como lo dije, fue un momento contradictorio y hasta enfermizo —como si no tuviera otros problemas—, pero por un momento, al ver que la bicicleta no estaba, sentí un breve triunfo. Por fin se la habían robado, tirando a la basura, según yo, su supersistema de seguridad en la entrada. He de decir que también me asusté. Era otra bicicleta robada en mi historia personal. La primera fue robada directamente del patio de un departamento de San Juan de Dios donde viví en León. Simplemente la dejé aparcada, sin cadena, pues obviamente estaba dentro de mi casa, junto a las escaleras, y cuando bajé por ella, ya no estaba. La segunda fue también en León, cuando llegué a un curso en el Teatro Manuel Doblado y la dejé, ahora sí, amarrada con cadena en la estructura de la cartelera junto a taquilla. Ahí, a plena luz del día, tronaron la cadena y desapareció. Al menos dejaron tirada la cadena en su lugar. Solo recuerdo que, en esa ocasión, las y los compañeros del Instituto de Cultura de León, que administra el teatro, hicieron «la vaquita» para comprarme una nueva bicicleta. Bici que aún continúa conmigo. Gracias infinitas a la bandita…

Ahora supuse que era la tercera ocasión en la que sería la víctima de robo de mi bicicleta. Triunfante por ver el protocolo derrotado, pero al mismo tiempo triste por perder aquella bici con la que incluso ya había rodado hasta Tlaxcala, la Malinche, Cuernavaca, etcétera. Pero bueno, había triunfado en el sabotaje, ¿no?

Aquí es donde la cosa se pone absurda. En mi camino a la mítica Puerta 15 para reportar el robo, pasé rápidamente de la indignación difusa a la indignación real aunque calmante. Resulta que, como parte del «protocolo de seguridad» de la DASU, cuando ven bicicletas «extrañas» —por no decir «no encadenadas»—, son requisadas hacia su base en algún lugar de CU. ¡Oh, absurdo destino! Resulta que, después de un año de dejarla sin amarrar, hoy le tocó el turno de ser secuestrada —un «53», creo que dijeron por la radio— y comenzó mi castigo del karma burocrático.

Primero: aunque llevo un año en CU, no la conozco. Ni en mi breve paso por la facultad de Física en el lejano 2006, pude recorrer mucho, menos veinte años después que ha cambiado mucho. Durante el paro estudiantil del 2025 pude rodar por sus instalaciones vacías, pero evidentemente fue para otra cosa, menos para saber dónde estaban los edificios. Bueno, entonces, el oficial que me informó sobre el secuestro protocolario de la bicicleta me indicó que para llegar a ella tenía que ir a la Torre de Rectoría y «ahí estaba, juntito», dijo.

Quien conozca CU y haya ido a Rectoría o a las oficinas de la DASU sabrá que esa es una tremenda mentira; algo que descubrí cuando llegué a la torre preguntando por el corralón para bicicletas, obteniendo como respuesta una sincera sonrisa, eso sí, muy amable, con la indicación de que esa oficina de confiscación en realidad estaba entre la Biblioteca Central y el estadio de mis estafados Lobos BUAP. Con las gotas de sudor en la frente escurriendo el aviso del caluroso año que se está cocinando, emprendí de nuevo el camino. Cuarenta y cinco minutos después de comenzar en la Puerta 15, había llegado, y lo primero que vi fue mi bicicleta al final de una laaaarga fila de otros vehículos ciclísticos, ahora sí, “amarrada” y segura.

El encuentro con ella fue breve. Resulta que no tengo credencial de la universidad. Por alguna razón, esperaba que el programa me la diera; luego me enteré de que yo tenía que tramitarla y olvidé la idea de hacerlo. Error. Sin credencial no había bicicleta. Sin embargo, el centinela, al ver mi frustración, me sugirió mostrar el Kardex. «Ese sí lo tengo en el celular», dije al tiempo que lo buscaba; sin embargo, este debía estar impreso.

—¿Por qué se llevaron mi bicicleta si de por sí preguntan todos los datos al entrar y salir? —dije entre ironía y frustración, debo admitirlo.

—Es el protocolo. Puedes ir a imprimir tu Kardex, cerramos a las 10 de la noche —dijo el agente.

—Ya veo. Ya caminé mucho, mejor regreso otro día, gracias —fue todo lo que se me ocurrió contestar.

Rápidamente fui a la bicicleta y, por un breve momento, el pensamiento más absurdo e irresponsable que pasó por mi mente acalorada fue desprender la llanta delantera (de donde estaba amarrada) y llevarme el resto del cadáver, que sería inútil, pero posiblemente vencería al protocolo. Sin embargo, rápidamente deseché la idea y opté por llevarme los libros que tenía en la maleta y el candado ya oxidado de tanto no uso. Respiré profundo y comencé a caminar nuevamente, derrotado, pensando en que el karma burocrático existe, refunfuñando en el sinsentido de la esfinge que te pregunta todo para entrar y salir, y algo avergonzado por la experiencia.

Caminé de regreso a casa. Una hora y cachito para apreciar mi culpa por no amarrar la bicicleta durante todo un año y por no sacar la credencial.

Eso sí, valoré más que nunca mi bicicleta, pues la caminata de casi noventa minutos no puede compararse con la pedaleada de veinte minutos en días tranquilos y treinta en días con mucho tráfico. No importa que uno vaya rogando a los autos que de vez en cuando usen sus direccionales, su claxon y sus intermitentes, o las mentadas a la Ruta 10 que ya me agarró la medida para pasar lo más pegadito que puede: se agradece tener bicicleta.

También recordé cuando trabajé durante cuatro meses en La Carmela (de a gratis, porque, aunque el señor que apenas se fue, siempre nos prometió pago o contratación, nunca lo hizo. Bueno, al menos ya lo sentenciaron y no podrá ocupar ningún cargo…). Para llegar desde el Centro, es un trayecto de casi una hora en bici: toda la 11 Sur hasta la 145 Poniente. Ese sí que era un reto. A veces, dependiendo de la hora, era mejor usar el carril de la oruga; otras, irse pegado a la derecha aunque los autos te la mentaran con el claxon. Vaya tiempos. Creo que de ahí saqué la idea de sacrificar el oxígeno a cambio de la seguridad de ir detrás del BRT; así me fijé que le hacían la gran mayoría de las personas ciclistas que van y vienen de la zona sur de la ciudad. Pensaba que éramos como parásitos detrás de un cuerpo más grande que nos protegía de quien viniera detrás. Cerquita del camión para pasar por el Periférico, Mayorazgo, San Ramón, etcétera, era mucho más seguro que irse en la extrema derecha de la calle, donde uno es más vulnerable a los asaltos y a las vueltas locas a la derecha que usualmente se dan sin intermitentes.

También uno agradece las ciclovías, que a pesar de que algunas se usan de estacionamiento, o se transforman en toboganes acuáticos en temporada de lluvia, o simplemente se llenan de tierra y basura, sí te hacen el paro para circular con relativa tranquilidad. Solo espero que las personas que se quejan y oponen a las ciclovías, las personas de gobierno y de la Coparmex, nunca tengan que usar la bicicleta por necesidad; bueno, supongo que estos últimos de verdad nunca sabrán lo que es sentir el roce de un camión en el hombro.

En fin. Bici recuperada… A rodar y escribir que el mundo ya se va a acabar…


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