La pared y la palabra: rastros de la colectividad

«Los muros son la guerra,

las palabras son la paz»

Janne Teller

Es 9 de marzo de 2026, 6 de la mañana. Ya está amaneciendo en Puebla. Hoy toca recolectar imágenes, como pokemones: las pintas, los stickers, los carteles, fichas de búsqueda, funas, entre otras intervenciones, que haya dejado e #8M2026Puebla en el centro de la ciudad. Busco estas intervenciones como una prueba de que la ciudad puede mutar.

Y no es que necesite algo extraordinario para mutar. La ciudad, el centro, no es esa pieza de museo de la que nos habla el discurso patrimonial, sino que es una compleja relación entre el espacio en sí, y nuestra presencia o ausencia. Lo construimos cada que aparecemos o desaparecemos en él. A cada paso vamos tensionando la brujería de estar y no estar, vamos siendo y dejando de ser; y al mismo tiempo, vamos conquistando un terreno que nos pertenecerá brevemente, que nos ayuda a cumplir nuestro objetivo del día, que nos maravilla con lo que sea que estemos sintiendo y observando, o que simplemente nos contiene y sustenta físicamente mientras lo ignoramos.

Caminamos siendo espectadorxs, y cuando nos maravillamos por algo, un aroma, un edificio, un encuentro, una intervención o un peligro, reconstruimos el aura de Benjamin, el aura que está en nuestra vida, que configura nuestra presencia o ausencia como un elemento del espacio público o privado, y no existe capital ni privilegio que nos quite esa capacidad creadora. Estamos a la espera de la sorpresa, diría Debord y los situacionistas.

Somos portadorxs de la cultura, lo in(y)trascendental de la humanidad. Es la cultura, el detalle ordinario y extraordinario que llevamos en nuestros pasos, en los saludos, en nuestros sueños y nuestras tragedias. En fin. No es un día normal, es un día para captar lo que las mujeres tatuaron en la ciudad, dentro de su ejercicio justo de rabia y amor. Como diría el maestro Guibert (2003) «La fotografía es también un acto de amor» (p. 10), y la uso así para archivar el rastro de emociones que gritaron las distintas voces congregadas en la ciudad para evidenciar que son momentos de lo común, de agruparse, acuerparse y expresarse.

Desafortunadamente estamos en tiempos de guerra y genocidios, de autoritarismo, de berrinches gubernamentales y necedades de las autoridades, y no importa lo cómodxs que nos sintamos, se trata de nuestro contexto y en algún punto nos va a alcanzar, minando los pocos o muchos privilegios que alcanzamos a sostener como una venda de negación. Entonces, hay algo claro, nos necesitamos.

Y contra la negación, nos encontramos con que las calles han mutado, aunque sea brevemente, en un manifiesto efímero de lucha y resignificación. Porque, aunque nos pueda parecer que las luchas feministas solo hablan de la violencia de género, desigualdad binaria o simplemente mujeres, la realidad es que sus grandes temas abarcan la vulneración a las personas que, por su condición de clase, raza o género, no entran en el pacto patriarcal, es decir, son epistemologías que encuentran lugar en la procuración de la vida misma, en esencia, es una lucha anticapitalista.

Así, nos encontramos con que en ese manifiesto efímero hecho de aerosol, papel, tinta y hasta tela, podemos observar que existe una articulación por la búsqueda de un cambio social, cultural, simbólico y económico.

Se trata de una aticulación de temas y luchas que podemos observar a través de las intervenciones y pintas que se quedaron en las calles por las marchas feministas; nos acercan a la contemplación de una identidad que puede ser difícil de asumir.

Frente a las visiones capitalistas de la modernidad que nos venden la idea de un sujetx aisladx y autosuficiente, engrane egoísta del sistema capitalista, lo que emerge en las marchas es una identidad que se negocia con otros, contra lo otro que nos daña. Porque los significados se construyen intersubjetivamente, negociamos significados y lo que nos significa entre «nosotrxs» y «lxs otrxs» y entre nosotrxs mismxs. Así, no existe la fragmentación total o el caos, aunque no lo parezca, no estamos solxs.

Aunque estemos viviendo a distancia el genocidio en Palestina, el destape fascista de las élites pedófilas y la agresión unilateral a Irán por parte del «Eje Epstein Fury», entre otras grandes tragedias, a través de una pantalla y en aparente pasividad, no estamos distante a ello. Dicen en las marchas y las pintas, «Lo que hacen en Gaza, lo harán en tu casa», y así estamos viendo la situación en Venezuela, Cuba e inclusive en México. Se tratan de configuraciones de un sistema mundo que no nos es ajeno.

Así, las marchas como movimientos sociales son ese escaparate de identidad que se forma bajo la coyuntura de las crisis locales y distantes, y que a través de los mensajes encriptados en las paredes y otras superficies de la ciudad, nos dan la oportunidad de sumarnos, rechazarlos o simplemente ignorarlos.

Antes de mirar los mensajes en estas intervenciones, podemos observarlas como la manifestación de una ausencia, es decir, el testimonio de los cuerpos que estuvieron presentes, cultura encarnada en la naturaleza humana como una propuesta de abandonar esas distancias bilaterales. Somos unx.

«Pintar es libre expresión», señala otra de las pintas que hemos recogido, pero en el mismo ejercicio de la pinta, de la iconoclasia, se expresan las condiciones de vulnerabilidad que anteceden y motivan esa libertad. Se pinta desde la herida abierta. Como señala Butler (2017), podemos ver en este manifiesto el reconocimiento de la vulnerabilidad como una condición de las relaciones humanas que señala la interdependencia social. Nadie es invulnerable, y esa fragilidad compartida es la base de nuestro devenir político como parte de una comunidad.

Por eso el objetivo de la lucha no es solo sobrevivir, sino alcanzar una vida que valga la pena vivir, porque la vida, en la medida en que requiere supervivencia, debe ser más que esto para que sea digna de vivir. En este camino, no necesitamos más formas ideales de lo humano, sino maneras más complejas de entender ese conjunto de relaciones que nos constituyen. Y lo que mantiene unido a un grupo en la calle es precisamente algo tiene que mantener unido a un grupo… alguna exigencia, algún sentimiento de injusticia y de no vivir dignamente.

La resistencia puede ser física y no solo a través del lenguaje: esas movilizaciones que surgen en público hacen sus reclamos a través de brazos alzando pancartas, uniendo vulnerabilidades en un reclamo simbólico que interrumpe lo cotidiano del espacio público “autorizado”. Por eso puede resultar incómodo para quienes no nos sumamos o no podemos sumarnos, porque nos confronta con la comodidad de nuestro silencio autorizado.

El feminismo, la lucha por la procuración de la vida, es una lucha que no solo se manifestó en consignas genéricas. Consignas como «Ni una más”, No es no” y «Vivas se las llevaron, vivas las queremos» saltan de las gargantas a las partículas de aereosol que se fijan a la cantera, se objetivan y materializan esas ideas subjetivas, así como los cuerpos se hacen presentes como un contingente que abandona lo abstracto para resonar entre las calles. Así, en esta materialización, las pintas no solo exigen; nombran, visibilizan y se niegan a olvidar a las víctimas de feminicidio y desaparición, en un acto de memoria colectiva que confronta a las autoridades.

Es por ello que, en esa búsqueda de la defensa de la vida, encontramos también otras luchas entrelazadas. Entre lo más notable, es el eco de la causa palestina que sigue denunciando el genocidio en Gaza. La lucha de contra las vulnerabilidades locales se extiende a la condena a los crímenes de guerra de Israel, Netanyahu y Trump. «A romper, a romper relación con Israel» y “Las niñas no se tocan” son la conexión que las feministas establecen con infancias y territorios ultrajados por la maquinaria bélica.

Este posicionamiento no es ajeno a la historia de las movilizaciones en la ciudad, donde colectivos han marchado previamente exigiendo, por ejemplo, la libertad de la Flotilla Global Sumud y el fin relaciones diplomáticas con Israel. Las pintas del #8M2026Puebla absorbieron esta memoria y la proyectaron, vinculando el imperialismo norteamericano con las políticas de muerte que inyectan en Medio Oriente. La consigna «Nadie es ilegal en una tierra robada» escrita en un muro del siglo XVI en Puebla, resignifica el espacio público como un territorio de denuncia global… ¿glocal?

Aquí mismo tenemos la condena de políticas injustas que ponen en segundo plano a la población y a la naturaleza misma. En esta edición se sumaron los cuestionamientos, por ejemplo, al proyecto ecodida del Cablebús, inviable e insuficiente para cumplir con la movilidad que necesita la capital del estado. «La movilidad es en sí un derecho del cuerpo, pero es también una condición previa para el ejercicio de otros derechos» (Butler, 2017). Sin un entorno sano, sin una ciudad habitable, el derecho a nuestros derechos continúa siendo un privilegio para pocxs.

Este manifiesto efímero es el testimonio de una oportunidad que nos ofrece el feminismo: comprender que no tendremos una verdadera libertad sin una conciencia de que lo otro, lo que pensamos distinto o lo que parece ajeno, es parte de nosotrxs mismxs, ya sea la naturaleza, otras formas de vida u otras geografías de la lucha. Nos invita, como propone Mignolo (2005), a dejar de pensar en la modernidad como el destino compartido con los opresores, y a transitar del diálogo como utopía a lo «utopístico: un doble movimiento compuesto por una revisión crítica del pasado para imaginar y construir futuros mundos posibles» (p. 24).

Al tomar las calles y marcarlas con su palabra, las mujeres y disidencias no solo reclamaron un espacio físico, sino que construyeron, construyen y seguirán construyendo un relato al cual podemos apropiarnos y sumanos. Frente a la indiferencia de un estado que reprime con gas a pesar de la presencia de infancias, la pinta resiste como una forma de decir «aquí estamos», de tender puentes con otras geografías de la opresión y de afirmar, desde los muros de una de las ciudades más conservadoras de México, que otro mundo, sin violencias, sin genocidios, sin ecocidios, es urgente y posible. Porque, en el fondo, cada trazo en la pared es un signo de que algo está pasando y no debemos dejarlo scrollear, como caracteriza Escobar (2010): «un signo de que esta lucha ya está dándose» (p. 93). Mientras haya muros, habrá espacios donde sea necesaria la palabra.


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