Arte es política

Hace poco escuché a una funcionaria evadiendo cuestionamientos sobre el tráfico de influencias y el uso de recursos públicos para beneficiar exposiciones en el extranjero de un artista. Entre los argumentos, citó de manera imprecisa los artículos dedicados a la cultura en la Constitución y realizó una incómoda comparación entre la «tolerancia» hacia las prácticas comunitarias de los huehues y los delitos ambientales del «privilegiado artista». Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue su llamado para «no politizar el arte».

Como agentes culturales es evidente que nos hace falta conciencia de clase, comprender nuestros privilegios y nuestras ventajas culturales al momento de generar proyectos culturales, pero como funcionarios de la cultura, esa falta de conciencia propicia un escenario que pone en riesgo la garantía del ejercicio de los derechos culturales de la población. Este tipo de miradas son una tragedia, de la que no podremos desprendernos. Ahí, la importancia de reconocer que el arte es un ejercicio político.

El ejercicio de la cultura es una posición política ante la vida, ante el sistema que nos oprime, ante las excusas de la clase gobernante para hacer y deshacer según sus intereses. Pretender que el arte pueda existir al margen del conflicto social, de la distribución desigual del poder, o de las tensiones históricas que atraviesan nuestras sociedades, es simplemente ingenuo y cómplice.

El arte es político no solo por lo que representa o enuncia, sino por su capacidad de irrumpir en el orden establecido. Puede interpelar, incomodar, revelar las grietas del sistema o, por el contrario, reafirmarlo desde la estética del privilegio. La política no reside únicamente en el contenido explícito, en la pancarta o en la consigna, sino también en los marcos institucionales que posibilitan o restringen su circulación, en los silencios, en los recursos asignados, en las voces que se escuchan y en las que se omiten.

Como señala Vich, esta lógica no es ingenua: la cultura institucionalizada opera como un espacio de dominación donde:

«la cultura nunca es un sistema unificado, sino un espacio de dominación construido por la hegemonía; porque la cultura no es sólo el “tejido simbólico”, sino que involucra lo afectivo, es decir, porque más allá de las investiduras simbólicas siempre existe un núcleo de afectos, pulsiones y goces hondamente asentados que son los que sostienen hábitos diversos; y, finalmente, porque no podemos caer en un relativismo populista situado más allá, no sólo de juicios morales y estéticos, sino de la consideración sobre las relaciones de poder» (2014, p. 29).

La instrumetalización del arte no es nueva. Por ejemplo, Walter Benjamin en «La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica» (2003), sostiene que la técnica de reproducción no solo transforma la forma en que se percibe el arte, sino que reconfigura su función social. En tiempos donde el arte ya no está atado al ritual ni al aura del original, se abre la posibilidad de un arte politizado, comprometido con la transformación social. Benjamin no aboga por que el arte adopte un discurso partidista, sino porque asuma una función crítica dentro de la lucha de clases: «Pero en el mismo instante en que la norma de la autenticidad fracasa en la producción artística, se trastorna la función íntegra del arte. En lugar de su fundamentación en un ritual aparece su fundamentación en una praxis distinta, a saber en la política» (p. 6).

Por su parte, Rancière sostiene que no existe arte apolítico, porque toda práctica estética configura un régimen de percepción que determina qué vidas merecen ser representadas, qué discursos pueden ocupar el espacio público. Así, el arte se convierte en un terreno de disputa por el sentido, una escena de conflicto en la que se juega la posibilidad de imaginar otros mundos.

¿Qué son esos mundos sin una reflexión crítica? La instucionalización de la cultura (Coelho, 2004) es una forma de vaciar la cultura de su potencia transformadora y de negar su potencialidad política. El evento se convierte en espectáculo, la obra en producto, el artista en proveedor de servicios y la institución en un caprichoso cliente. En el marco del neoliberalismo, Adorno y Horkheimer hablaban de la cultura como industria, en el marco del capitalismo, Debord hablaba de esta simulación como un espectáculo, en el marco de lo institucional, las políticas culturales son la excusa para las malas prácticas administrativas.

Negar que el arte es resultado de nuestro sistema político evidencia una falta de compromiso con la realidad. Es abonar al reduccionismo de la cultura, reducida a una ‘eventitis’, esa programación masiva de actividades que justifica presupuestos mientras vacía de sentido político la creación. ¿Dónde queda aquí la reflexión crítica, la incidencia real, el diálogo con los territorios? Así nos encontramos con el refuerzo de la precariedad del sector cultural y artístico, con la simulación de actividades “para la comunidad” que en realidad legitiman estructuras de exclusión, y claro, con la justificación de apoyos a sectores ya privilegiados que perpetúan redes de beneficios políticos y económicos al servicio de los poderes hegemónicos. Se trata de la estética del poder.

Existe un riesgo latente en muchas prácticas artísticas contemporáneas: la estetización de lo político sin compromiso con su transformación. Es decir, convertir la protesta en diseño (Banksy, te hablan), la rabia en actos mediáticos (Emilia Pérez), el dolor en experiencia inmersiva (alabar la película de Flow mientras dejamos a miles de perritos en la calle). Esta forma de estetización vacía de contenido se convierte en una especie de anestesia cultural, en la que el espectador puede conmoverse sin actuar, indignarse sin reflexionar, emocionarse sin politizarse, en fin, la cultura como un consumo de mercado.

Frente a esta estetización vacía, surgen preguntas incómodas: ¿para quién es la cultura? ¿A quién sirve el arte que se financia con recursos públicos? ¿A qué sensibilidades, a qué territorios, a qué cuerpos representa? Cuando estas preguntas no se plantean, o peor aún, cuando se responden con eufemismos administrativos y neoliberales con la seguridad de la hegemonía política, se invisibiliza la desigualdad estructural que atraviesa al campo cultural.

El arte y la cultura son políticos porque quienes los ejercen buscan la posibilidad de entablar una interlocución con la población sobre las dinámicas sociales, sobre los procesos de identidad y, principalmente, sobre los cuestionamientos hacia el sistema. Cualquier manifestación que goce de estética sobre política, pero se niegue a reconocer su inserción en una estructura de poder, difícilmente puede llamarse arte. Esta es una opinión muy personal, pero es una posición ética también: el arte que se desentiende de la lucha social es un lujo del privilegio.

La cultura no puede seguir sirviendo únicamente como consuelo. El arte no está para decorar los discursos del poder, ni para justificar los presupuestos institucionales, ni para entretener a las masas en búsqueda de experiencias alternativas. El arte tiene que incomodar, sacudir, incomodar otra vez. Tiene que abrir la posibilidad de imaginar otras realidades, de denunciar las injusticias, de confrontar las narrativas dominantes.

El arte es política. No como consigna, sino como evidencia. Lo ha sido desde sus formas rituales, desde sus resistencias, desde sus insurgencias estéticas. La pregunta no es si el arte debe ser político, sino a qué tipo de política está sirviendo. Y en ese sentido, como trabajadorxs de la cultura, como agentes en lo público, como creadorxs, tenemos la responsabilidad de repensar los lugares donde nos posicionamos, nuestros compromisos éticos y nuestras formas de actuar.

Decir que el arte no debe politizarse no solo es una ingenuidad, es una estrategia para mantener intacto el sistema de privilegios. Es una forma de censura encubierta, una técnica de neutralización del conflicto. Frente a eso, necesitamos reconocer que las prácticas artísticas abrazan la disidencia, prácticas que apuesten por lo sensible, por las memorias, que desafíen las instituciones, que abran la oportunidad de preservar la vida; pero principalmente, necesitamos funcionarixs que reconozcan, en su vasto conocimiento, que todas sus acciones deberían estar enfocadas en propiciar ambientes democráticos fomentando el arte como una herramienta de empoderamiento político (Vich, 2014).

  • Benjamin, W. (2003). El arte en la época de su reproductibilidad técnica. México: Editorial Itaca.
  • Coelho, T. (2004) Diccionario crítico de política cultural. Cultura e imaginario. Barcelona: Gedisa.
  • Pleyers, G. (2018). Movimientos sociales en el siglo XXI. Buenos Aires: CLACSO.
  • Vich, V. (2014). Desculturizar la cultura. La gestión cultural como forma práctica de acción política. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores.

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