Lo primero que me sorprendió fue la inmensa cantidad de celulares por encima de las cabezas: girasoles buscando una luz nocturna y artificial; buscando la sonrisa acompañante, la fragilidad de los abrazos y las nuevas texturas de las piedras que conforman los muros.
No los juzgo. Todas las personas buscamos la luz esta noche. Queremos capturarla y archivarla en nuestra personal máquina del tiempo de bolsillo. Es el hábito de moda. Al menos aquí y ahora, actuamos como un cardumen que sigue un recorrido predecible por la ciudad.
El eslogan, también de moda, es mirar a la ciudad como un museo a cielo abierto. Las calles se miran pero no se tocan, están bajo la vitrina del patrimonio, protegidas, o mejor dicho, distanciadas bajo una etiqueta de fotones y colores. Como bien discute Harvey al analizar las relaciones sociales del neoliberalismo: “Es innegable que la cultura se ha convertido en una mercancía de algún tipo” (2005, p. 1). La marca ciudad, como una cicatriz cosmética, retoma las singularidades y la autenticidad de estas calles para despojarlas de su esencia, dándoles a cambio esto: una semana de luces, tráfico y selfies.
Esta noche, la ciudad nos invita a flâneurs, habitantes y vagabundos a performancear el papel de turistas. No es la ciudad que conocemos y recorremos a diario; hoy nos guiamos por la muchedumbre, por el olor a esquites y por paredes que se abandonan a sí mismas. Se despojan de su historia para inventarse un fantasma proyectado; uno que no asusta, sino que atrae. Un fantasma que cuenta una historia alternativa construida exclusivamente para un paseo de cuatro horas.
Shakespeare se preguntó: “¿Qué es una ciudad sino sus habitantes?”. Baudelaire le dio la razón y nos invitó a vagar sin rumbo para narrarla. Pero esto parece otra cosa. Parece el espectáculo que condenaba Debord: el show del glow que nos sacó en masa a las calles para transformar la ciudad en un artificio. Sentencia Sheridan: «Todo arte miente a fuerza de verdad, alumbra a fuerza de engañar, es verdad a fuerza de fingir» (2011).
El proyecto es visualmente atractivo. Jugamos a ser artistas frente a una pared blanca o posamos con un cactus sobre nuestras cabezas. En el edificio del Carolino, una niña transforma sus pasos de danza en retículas orgánicas que saltan de su piel a la pared; parece fundirse con el muro hasta que la guardiana de la instalación invita, amablemente, al siguiente «artista» al escenario.
Vemos la fachada de la Zapata convertida en un túnel de jacarandas falsas y San Roque transformado en un tzompantli de rostros cargados en tiempo real. Incluso lo análogo resiste en el Barrio del Artista con retroproyectores de acetatos. Es, por definición, un proyecto «bonito».
Ahí reside el artificio: observamos las instalaciones a través de la pantalla de la cámara incluso cuando tenemos la fuente frente a nosotros. Aunque la latencia y el modo automático perviertan la figura, la selfie está lista para confirmar en redes que estuvimos ahí. Nuestro papel es apreciar una máscara de luces que, lejos de iluminar la historia, la oculta bajo los píxeles. La estética global de la luz borra las imperfecciones patrimoniales; dejamos de estar en Puebla para estar dentro de una obra de consumo masivo.
Como señala Rosas Mantecón (2005), quienes gestionan el patrimonio suelen promover la uniformidad: “en su búsqueda por atraer a los turistas, apelan a manifestaciones espectacularizadas que poco tienen que ver son las particularidades culturales y que apenas se distinguen de un país a otro. Esta es la razón por la que la globalización debe ir acompañada de un respeto por la diversidad” (p. 23). Estas calles que hoy tomamos masivamente son las calles que la globalización concibió: podrían ser cualquier calle en el mundo, son spots lo suficientemente estéticos para la foto y lo suficientemente cortos para moverte a la siguiente estación.
Seguimos caminando. Se acerca el momento de que los proyectores se apaguen y el ritmo se acelera. Caminamos rápido, ignorando a la muchedumbre, desprovistos de confianza en el otro. No nos damos cuenta de que las calles han sido suplantadas por visitantes mientras sus habitantes nocturnos, recicladores o personas en situación de calle, permanecen escondidos, alejados del reflector.
Estamos en espacios que seleccionan qué debemos espectar: públicos en apariencia, pero restringidos en la realidad. Las luces no solo ocultan la historia; ocultan las realidades que preferimos ignorar y que, sin embargo, esperan atentas a la medianoche para recuperar su ciudad.
La cultura se ha convertido en un recurso económico preciado. No en balde, la palabra «cultura» es insignia en campañas políticas o se fetichiza para hablar de una falsa generalidad. El riesgo es que, si el espectáculo se ve «bonito», el discurso crítico se hace a un lado. El éxito de estos eventos masivos suele ser la excusa perfecta para el consumo de recursos mientras otros sectores sociales quedan al borde del olvido.
¿Qué queda cuando se apaga el foco? El espectáculo es, como diría Debord (1967), «el movimiento autónomo de lo no-viviente». Un lenguaje unidireccional que no necesita intercambio de ideas, sino una pantalla que medie entre la comunidad y la experiencia.
La pregunta no es si el espectáculo de luces es apropiado, sino qué política cultural lo hace posible y qué queda cuando la ciudad vuelve a oscuras. La gestión cultural debería ser, como propone Vich, una estrategia simbólica para tomar las calles, un diálogo horizontal que politice el arte y proponga preguntas y soluciones, no solo postales efímeras.
En la fuente del Teatro Principal, unos jóvenes mencionan que vinieron solo por la foto que les pidieron en clase. Da miedo pensar que el «éxito» cultural se reduzca a propuestas apantalladoras mientras los creadores cobran el mínimo, y otros rogamos por el siguiente trabajo. Estamos en el vacío, esperando a ver qué iluminará la próxima luz.
Cuando los proyectores se apagan de golpe, nos quedamos desorientados, como insectos encandilados. Poco a poco, las calles se vacían. El patrimonio vuelve a su gaveta, esperando la próxima «activación» donde volveremos a verlo sin realmente mirarlo.
El silencio crece mientras los habitantes recurrentes reconquistan lo que la luz les quitó por unas horas. Un perro me observa jadeando, avisando que es hora de dormir, mientras las cortinas metálicas de los negocios anuncian su cierre estruendoso. El show ha terminado y me queda la sensación de que la luz nos ha engañado una vez más.
- Arfuch, Leonor. (2021). Andar en las ciudades. Berlín/Buenos Aires. En P. Feenstra y L. Verzero (Eds.), Ciudades performativas: prácticas artísticas y políticas de (des)memoria en Buenos Aires, Berlín y Madrid (pp. 37-48). CLACSO.
- Debord, Guy. (1967). La sociedad del espectáculo. https://sindominio.net/ash/espect1.htm
- Harvey, David. (2005). El arte de la renta: globalización, monopolio y la mercantilización de la cultura. En Espacios del capital: hacia una geografía crítica (pp. 423-440). Akal.
- Martínez, Xosué. (2026). Registro Fotográfico Glow México Puebla 2026. f_especiales Labcdos. https://bit.ly/484TMb5
- Rosas Mantecón, Ana. (2005). Las disputas por el patrimonio. En N. García Canclini (Coord.), La antropología urbana en México (pp. 60-95). Fondo de Cultura Económica, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Universidad Autónoma Metropolitana.
- Sheridan, Guillermo. (2011). Elogio del artificio. Revista Letras Libres.


Deja un comentario