Hay un capítulo bastante irritante de Súper Campeones (Capitán Tsubasa) donde, durante la Copa Internacional (creo que es la semifinal), Japón se enfrenta a una Francia de once jugadores más el árbitro. Doce, pues. La verdad es que fue de los episodios más frustrantes, no solo por la acción reiterada de «robar/anular» los goles de Japón, sino porque tanto el protagonista como el director técnico de este nipón ficticio toman la actitud de enfrentarse serenamente a los guionazos: anteponerse a los goles anulados y a las faltas sobredimensionadas, superar el enojo por el esfuerzo. Vaya, el clásico «échale ganas».
En esta ficción, como el prota es el prota, al final de todo su actitud recta y empoderada hace que otro guionazo ponga en orden las cosas y le haga honor al título del anime.
Y así, al parecer, uno crece; con la idea de que siempre se va a enfrentar a todas las condiciones en contra y que, de alguna manera, todo estará bien. Sin embargo, la verdad es que muchas veces uno está en un loop en esta cancha infinita llamada vida, jugando contra el América o contra Argentina (la selección, Boca, Rosario, River… tantas tristezas en la Libertadores de los 2000… chiste local).
Entonces, continuamos nuestra historia desde nuestro lado de la cancha, siempre esperando no enfrentarnos a un equipo de doce. Simulamos, aun cuando nos toca ese equipo, que todo está bien, esperando que nos caiga ese guionazo salvador. Pero no cae. En la vida, en… en lo que sea, aparentemente siempre estamos en desventaja. Aunque existan sus excepciones, después de todo somos algo más que luchar contra ese sistema llamado árbitro.
Esa frustración, la diaria, la recordé en el final del partido de Irán vs Egipto en el mundial de la FIFA, cuando al minuto 90+3 ocurrió la hazaña del equipo iraní. El «milagro de Irán», como decía la narración del partido cuyo eufórico grito acompañó una de las celebraciones más increíbles del presente mundial. El abrazo con toda la banca, los lentes negros de Thug Life (que estoy seguro de que los consiguieron en México), el estadio desbordándose cual espuma en un vaso servido con la premura de la felicidad… El mundo entero (bueno, solo el Sur Global), supongo, estaba como yo: pensando en que la poesía sí puede ser fútbol o, mejor dicho, que el fútbol sí puede alcanzar esos lugares abstractos de la poesía donde el sentido común se arranca para exhibir nuestra carne viva y, aun así, seguir sintiendo la textura del agua y del sol.
Era poesía, evidentemente, por las condiciones geopolíticas con las que el imperio y sus vasallos, Israel y EUA (respectivamente), han tratado a ese pueblo. Era poesía por representar la justicia divina, por demostrar que sí puede existir ese guionazo salvador en la trama (aunque sea en la ficción que nos toca vivir.
Sin embargo, en medio de toda esa ficción y simulación, se asomó Baudrillard con la forma más perversa de sus simulacros: el VAR, la pantalla y la tecnología no estaban ahí para la poesía, sino para la mercancía, la hiperrealidad donde lo que decide resultados son apostadores y burócratas desde la comodidad de su sala, los guionistas que deciden el largo de la cancha.
Aunque fuera solo un espectáculo de especulación del capital, se asomaba un poquito de «ha llegado un pequeño poema a nuestras vidas» que no cambiaría nada, pero que nos regalaría una noche de una incomprensible sensación de justicia. Fue la rendija por la que se asomó la breve ilusión de que al menos algo tenemos que ganar, si no la vida, al menos una pequeña victoria a los señores de la guerra que nos dominan.
Así pasó: un poema con una duración de casi dos minutos. «Increíble lo que le ha pasado a Irán, no lo puedo creer… de verdad no se lo merecían», decía el narrador cuando llegó la decisión del VAR para anular el gol, inventándose un fuera de lugar e, inclusive, mostrando una descarada ilustración digital que cortaba justamente al jugador que habilitaba la jugada.
Yo imagino que… en esos dos minutos, un señor de traje, que por cierto ha contaminado más de 46 toneladas métricas de CO₂ con sus vuelos en jet privado durante los primeros diez días del torneo (unas 12 veces el promedio anual de emisiones de una persona, según Google), recibió una notificación al instante del gol: No Goal. Sudó ácidamente (no amargamente) mientras un suspiro acompañaba a sus ojos en búsqueda de algún rostro cómplice, encontrándose con la cara de otro señor de traje que alzaba la mano extendida a media altura para indicar que todo estaba bien. La indicación ya estaba hecha desde el anterior gol anulado; tenían dos minutos para recortar la imagen que se habría de transmitir.
Rápidamente, el señor de traje se peinó aquella gota de sudor y asomó una sonrisa, pues su propio guionazo de la paz le había llegado en forma de control total de la narrativa, de las reglas y de la política.
«No fue gol, zurdos de mierda, dejen de meter la política en el partido», leí en Twitter mientras buscaba un eco a mi propia incredulidad. Y terminó el partido. La breve simulación de justicia divina había pasado y aquellos dos minutos de esta cancha eterna llamada vida habían llegado a su fin. Aquellos dos minutos que me habían hecho olvidar el genocidio en Palestina y la condena de la ONU al ente sionista (por fin); el ataque infame al desafortunado protagonista de esta historia (Irán); la selectiva aplicación de la ley por parte de las autoridades municipales de Puebla en la vulneración al espacio del Teatro Popular José Recek Saade por parte de Fuerza por México (un partido que hoy descubrí que existía)…
En fin, olvidé todo eso y recordé que este torneo, hecho por el Norte Global para el Norte Global, ahuyentándonos de los estadios con los sobrecostos, ahuyentando a las madres buscadoras que necesitaban esa plataforma para visibilizar su causa, y que solo usa a nuestro país y nuestro ingenuo amor por el fútbol para aprovechar el folklor y darse un baño de colores de respaldo, es exactamente eso: un espectáculo mediático de simulación. Es el imperio de la «sociedad del espectáculo» que denunciaba Debord, donde todo lo que antes se vivía directamente se ha transformado en una mera representación. El espectáculo del capitalismo se encargó (seguramente, porque ya no vi ningún resumen del juego) de blanquear este simple robo de un gol y silenciar cualquier otra opinión inquisidora.
Y esa fórmula va a funcionar. Como buen espectáculo capitalista, mañana todo seguirá igual. Mañana el eje del poder global seguirá acosando a Latinoamérica; seguirá bombardeando mediática y económicamente a Irán para que, cuando su equipo llegue a casa, encuentre algo más que sus propias desigualdades internas; seguirá usando sus propias armas para decir que todo el mundo está mal, menos ellos, y que todo estará bien.
Mañana se decidirá el rival de México en la siguiente ronda. Seguirán avanzando los protas con el poder del guión, mientras el verdadero protagonista de esta historia, nosotros, los que vemos desde la pantallita, se enfrasca en peleas de Twitter entre «izquierda» y «derecha», sin comprender, o simulando no comprender, que la verdadera decisión no es horizontal, sino vertical: de abajo hacia arriba, y que todos los que estamos abajo, estamos en el mismo equipo.
Porque esa es la lección que el fútbol, y la vida, nos repite hasta el hartazgo: el juego no se decide en la cancha. Se decide en los monitores del VAR, en las salas de apuestas, en las oficinas de los señores de traje que nunca han sudado una camiseta. Se decide en los medios que nos dicen qué ver, cómo sentir y a quién culpar. Baudrillard decía que el mapa ya no remite al territorio, sino que el mapa es el territorio, y antes, Debord dijo que la vida se ha vuelto un espectáculo donde todos somos público y nadie es actor.
Pero entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos hacemos pato? (chiste local aka meme) ¿Aceptamos que el partido está arreglado y nos vamos a casa?
Quizás la rendija que vimos durante esos dos minutos, la que nos hizo creer en el milagro de la poesía —aunque fuera una ficción—, no fue en vano. Quizás el poema no cambió nada, pero, como esos textos a veces indescifrables dentro de los artefactos llamados libros, cumple su función: recordarnos que aún podemos sentir. Que aún podemos indignarnos. Que la memoria colectiva de un «No era penal» puede trasladarse a otros espacios para exigir justicia, negándonos a caer en el simulacro de la resignación.
Al final, el «échale ganas» de Oliver Atom deja de ser una ingenuidad televisiva y se convierte en otra cosa: en la necedad de seguir en la cancha sabiendo que el espectáculo intenta devorarnos. El guionazo salvador no va a caer del cielo ni llegará empaquetado en las promesas en turno de los grupos de poder; se construye abajo, en la tierra que nos ensucia y nos da nuestro color.
«¡Y si sí!», dice el meme de moda. Me imagino esa frase retumbando el día que por fin nos demos cuenta de que, como cantaba Molotov en el 97: «Porque somos más, jalamos más parejo / ¿Por qué estar siguiendo a una bola de pendejos?».

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